Decía Agustín Goytisolo, en su famoso poema
Palabras para Julia que "un hombre solo, una mujer, así tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada". Sin negar la insobornable dignidad e importancia de cada persona, así aislados perdemos parte de nuestra esencia, estamos incompletos y no podríamos subsistir. Como tampoco podemos negar que, en ocasiones, las multitudes, las muchedumbres, además de agobiantes, tienen comportamientos que parecen negar nuestra humanidad, que se convierten en "masas". Pero, por debajo de todos los riesgos y más allá de las incomodidades de la concurrencia de los más, también se dibuja en el aparente rostro informe de la multitud los rasgos de lo que nos une y nos hace partícipes de un mismo destino, cómplices de los riesgos comunes de quienes viven juntos, aman, trabajan y sufren de manera mucho más similar de lo que a veces somos conscientes. Jesús se dirige a la multitud, la escucha, la atiende y si de entre ellos elige a unos pocos es para reenviarlos de nuevo a la pesca milagrosa de la humanidad perdida, aquella que sólo Dios puede orientar hacia su verdadero desarrollo y plenitud, porque sólo en Dios hallamos nuestro verdadero rostro de seres humanos, irrepetibles pero tan parecidos.
- Is 6, 1-2a. 3-8. Aquí estoy, mándame.
- Sal 137. R. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
- 1 Cor 15, 1-11. Predicamos así, y así lo creísteis vosotros.
- Llc 5, 1-11. Dejándolo todo, lo siguieron.
Para ser pescadores de hombres, recuperadores de lo que somos o podríamos ser, para servir como expertos en humanidad, es menester haberse mezclado con la multitud, no tanto en su mera aglomeración, sino en las situaciones y condiciones que todos compartimos aunque a veces las ignoremos: el sufrimiento, el amor, la soledad, la comunión, la solidaridad, la fragilidad... Cuando Jesús, de entre los muchos que le escuchan elige y envía sabe que, por más que a veces asuste, la humanidad no es una fiera a pesar de sus descontrolados excesos, sino una criatura permanentemente necesitada de encontrarse y completarse. El envío misionero de los apóstoles, que es el envío evangelizador de todos los que somos cristianos, nos pide que, lejos de elitismos y prepotencias, nos sumerjamos con misericordia en las profundidades de la marea humana, donde hay monstruos, pero también tiernas promesas de fraternidad.