25 DE DICIEMBRE. NAVIDAD


La Natividad, Mateo Gaddi, 1325. San José descansa pero su mente y su corazón están dándole vueltas a las tareas de padre, esposo y custodio. María, solícita, pero con calma y dominio de la situación, vela y cuida, protege y acuna.  El resto de los personajes, animales y ángeles incluidos, se superponen en distintas capas de profundidad para escalonar y enmarcar en la historia y las relaciones, la terna afectiva y salvífica que forman Jesús, María y José. Hay diferentes niveles de cercanía, profundidad y adentramiento para que cada uno encuentre su lugar. Y otra Navidad más, cada cristiano contempla la escena para hallar su propio papel en la historia de comunicación entre Dios y los hombres, en la que se encuandra, como una escena primeriza, el relato del nacimiento del Salvador. Este año, por la pandemia, en nuestra parroquia sustituiremos la misa del Gallo del 24 de diciembre por una Eucaristía de esperanza y gratitud a las 19h.

LECTURAS

  •  Isaías (52,7-10)
  • Sal 97,1.2-3ab.3cd-4.5-6
  • Hebreos (1,1-6)
  • Juan (1,1-18)

Sí, de muchas maneras y en diferentes épocas, habló Dios a la humanidad. Pero ahora es la definitiva -que no la última, porque Dios no deja de hablarnos- pues lo ha hecho en la realidad humana del hombre Jesús de Nazaret, en la que se encarna la Palabra creadora y reveladora por la que el Padre nos hace llegar su deseo de comunión con nosotros: "Y el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros". El prólogo de San Juan traza la línea descendente que va de Dios a la carne y la historia. Y Cristo, cercanía y transparencia de lo divino, recorre esa línea para ayudarnos a que nosotros la podamos, a nuestro tiempo, remontar en sentido ascendente, de la materialiad y el tiempo a la plenitud eterna: "les da el poder de ser hijos de Dios". Cada Navidad es para los creyentes una ocasión para retomar el empeño de ascender por la vía de la humildad y el abajamiento, por la escala del servicio y la fraternidad. Un recorrido que supone tomar partido por la luz frente a las tinieblas, por la acogida y la vida frente a la soledad y la muerte. 

Celebrar la Navidad con fe en lo que Jesucristo nos alcanza con su vida, muerte y resurrección, debiera ser renovar nuestra esperanza de que cada uno y todos juntos, podemos encarnar en nuestras historias compartidas el deseo divino de compartir con nosotros su caridad infinita y la propuesta, no menos divina, de que nos reencontremos como hermanos y, como tales, nos cuidemos, respetemos y socorramos. Es, por tanto, la Navidad, una ilusionante apuesta por el día de mañana que hoy hemos de adelantar. La apuesta decidida y comprometida por un mundo sin excluidos, por unas ciudades sin asentamientos de personas sin hogar, por una relación respetuosa con la naturaleza y un fortalecido interés por la espiritualidad que necesitamos para conseguir todo lo demás.

Pedimos a Dios para que la alegría esperanzadora de una nueva humanidad, "nacida de Dios", haga posible en nuestro mundo y en la hora presente los dones de la paz y la fraternidad. Así lo pedimos para todos los pueblos de la tierra, convencidos de que somos "todos hermanos".


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