DOMINGO 6 DE DICIEMBRE: II DE ADVIENTO (CICLO B)

 
Como los ríos van a la mar, la confesión de los pecados, la conversión, debe desembocar en un cambio integral de vida. Como esto nos parece harto difícil, nos vendrá muy bien escuchar y seguir el ejemplo de los testigos que lo han conseguido. Como parte del Adviento, busquemos esas pruebas vivientes de que es posible acometer las reformas personales que nos pongan a tono con la vocación cristiana, con el modelo de humanidad que es nuestro Señor Jesucristo.

LECTURAS

  •  Isaías (40,1-5.9-11)
  • Sal 84,9ab-10.11-12.13-14
  • II Pedro (3,8-14)
  • Marcos (1,1-8)

"Comienzo del Evangelio de Jesucristo..." Al principio, fue la esperanza, hija adelantada de la pobreza y la necesidad; partera de la justicia y de la solidaridad; patrimonio de los que no habitan en la seguridad y los beneficios a corto plazo. Al principio fue la esperanza de un pueblo y de cada alma hambrienta de que Dios mostrara su misericordia, de que se diera por cancelada su culpa y obtuviera el consuelo de su amor. Esa esperanza, como ocurre con todo lo que es arduo y laborioso, tiene sus antecedentes, sus precursores y primicias. Juan cumple su tarea: "algo tiene que ocurrir y para que ocurra, mucho hemos de cambiar todos". La conversión a la que invitaba Juan y a la que Jesús iniciará con su magisterio itinerante, es ya esperanza en movimiento. Las prendas de esa nueva vida (justicia, honradez, compasión y solidaridad) abren el portillo por el que la esperanza podrá ser realidad plena. La confesión de los pecados es el  preludio de la radical transformación de la persona, del profundo cambio de vida, sin los cuales, el reconocimiento de nuestras culpas se queda en algo estéril, el comienzo inacabado de lo que solo la plena renovación vital puede consumar. Bauticémonos en la esperanza de lo que, por el compromiso y nuestra vida renovada, ya ha empezado a ser realidad; y démosle tiempo y espacio para que cunda en nuestros ambientes de vida cotidiana para así transformar también el mundo que falta le hace.

En esos ríos de gente que se acercan al río de agua del Jordán en busca del Bautista y su predicación y bautismo de conversión, hay búsqueda, necesidad de una luz que oriente sus vidas y las transforme. La confesión de los pecados, más allá de un acto puntual, requiere un proceso de conversión del que forma parte el reconocimiento de lo que nos ha alejado de Dios, pero que debe ir más allá de la culpa y el remordimiento, hasta desembocar en una decisión trascendental: afrontar los cambios acordes con la nueva dirección que se quiere emprender. Nuestra confesión y propósito de enmienda debieran incluir también, para desencadenar esa reforma integral de nuestras personas, una no menos decidida disciplina espiritual: cómo y cuándo orar, hacia dónde dirigir nuestra meditación, con quienes acompañarla. Ese es el Bautismo con Espíritu Santo, el que pone al servicio del crecimiento espiritual los medios y las determinaciones que nos permitan renacer. La espiritualidad cristiana es así inseparable del resto de proyectos y compromisos que dan madurez a nuestra vocación de seguidores de Cristo. El compromiso más efectivo siempre será el que hunde sus raíces en lo más profundo y nutritivo de la dimensión de interioridad, contemplación y autoconocimiento que constituye nuestro ser más auténtico y fecundo, aquello que, según dijera Calderón de la Barca, “sólo es de Dios”.


LECTIO DIVINA DE SAN ROQUE DE HELLÍN: JUAN EL BAUTISTA


HOJA DOMINICAL DIOCESANA



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